AUSTRALIA,Un mundo por descubrir

 

 Australia, el novísimo mundo, es en realidad el continente más antiguo. Se supone habitado desde hace 50.000 años por aborígenes escasamente desarrollados. Su prehistoria se prolonga hasta el siglo XVII cuando marinos españoles y portugueses avistaron la costa septentrional y así lo reflejaron en sus apuntes cartográficos. 

Los anangú, habitantes de esta tierra desde hace miles de años sin dejar referencia escrita, se agrupan en clanes familiares con formas de vida diferentes según la geología, clima, flora y fauna de la zona que habitan. Esencialmente eran cazadores, recolectores y sólo los que vivían en las zonas costeras del norte tenían algún contacto con extranjeros, generalmente de las islas indonesias. Pero su eje común estaba basado en sus creencias, una rica mitología sobre la formación del planeta según la cual los “creadores ancestrales” salieron de las entrañas de la tierra y recorrieron el mundo creando valles, ríos, montañas, la lluvia y el sol. Todo este complejo mundo se ha  denominado Dreamtime, expresión inglesa que significa «la época de los sueños» y al que todo anangú es fiel.

La expedición inglesa del capitán James Cook navegó y cartografió la costa oriental y desembarcó por primera vez en el continente tomando posesión de aquellas tierras en nombre de la corona. Ello venía a resolver el problema de superpoblación penal británico que acababa de sufrir el varapalo de la pérdida de las colonias americanas. Una flota de once barcos con unas mil quinientas personas a bordo desembarcó, el 26 de enero de 1788, en Botany Bay y se asentaron en Pork Jackson, lo que hoy es la moderna ciudad de Sídney.

Poca historia cabe en algo más de 200 años, pero un hito significativo fue el descubrimiento de oro en la década de 1850. La región sudoriental de la inmensa isla, llamada a la sazón Victoria como la reina, asumió la fiebre del oro y muchos colonos se asentaron allí. La recreación de este momento la exhiben hoy en el museo al aire libre llamado Sovereign Hill, en el distrito de Ballarat, un parque temático en el que se conoce la vida de los habitantes de aquel histórico momento.

  Sus calles, casas, tiendas y todo tipo de utensilios reflejan las necesidades que generaba la búsqueda de oro. Allí encontramos el establecimiento de la herrería, el parque de bomberos, las pompas fúnebres, sin olvidar colmados, fábricas de velas, incluso tiendas de sombreros. Una recreación en la que no falta detalle, personajes vestidos con la moda de la época recorren sus calles, limpian las entradas de “sus” casas y, por supuesto allí fluye el río supuestamente cargado de pepitas en cuyas orillas las bateas para la separación de apreciado mineral están a disposición de quien quiera disfrutar con ellas. Podemos ver el Chinatown, el barrio de los colonos chinos que también llegaron a aquellas tierras atraídos por sus riquezas.

Del mismo estilo y características es el Museo Marítimo Flagstaff Hill en Warrnambool, que recrea la vida marinera y portuaria de la costa. Allí encontramos fabricantes de barcos, de sogas, de instrumentos de precisión para navegantes, al tiempo que la iglesia, el dispensario médico, tiendas de moda, el Banco, colegio y cantina.

Pero Australia es mucho más que una historia de 200 años. La naturaleza ha obrado prodigios durante miles de años que todavía permanecen bastante vírgenes para el europeo, incluso para los que lo han tenido en el ideario como una asignatura pendiente, a veces irrealizable.

El tiempo y la distancia tienen buena culpa de ello, pero cada vez se encuentra más próximo. No hace mucho eran precisas no menos de tres etapas para alcanzarlo y hoy ya es posible hacerlo en dos, aunque no baja de 24 horas el llegar.

Allí nos esperan los canguros, koalas, ornitorrincos, emú y toda una serie de especies animales que no encontramos, al menos en libertad, en otras partes del planeta. Y lo mismo, inmensos territorios desérticos como el Outback,  en el corazón mismo del país, una región en que años y años de erosión han definido un paisaje característico, llano, seco, presidido por el icónico Uluru, el monte sagrado de los anangú, el monolito más grande del mundo, surgiendo en la llanura.  

Asociada a la cultura aborigen de los anangú, el Uluru no es solo una roca en medio del desierto, es mucho más. Este inselberg -pico abrupto aislado en una llanura de matorrales- de arenisca rojiza de casi 350 metros de altura es la montaña sagrada para los aborígenes anangú y la mayor atracción del Parque Nacional Uluru-Kata Tjuta, donde también se encuentra otro monte sagrado: Kata Tjuta, o Las Olgas, con sus 36 cúpulas.

 

La magia del monte Uluru son los diferentes tonos que toma según incidan los rayos del sol se muestra amarilla, roja, ocre, marrón, violácea, negra… sobrenatural. Es el polvo en suspensión y el vapor de agua de las capas más bajas de nuestra atmósfera las que actúan como un filtro tamizando las longitudes de onda cercanas al azul y acentuando las de los campos rojizos.

No está prohibido subir, pero se agradece no hacerlo porque al ser una montaña sagrada se entiende como una profanación. Además la subida sería harto difícil por sus paredes casi verticales y sobre todo por el calor que hace en aquellos parajes alcanza los 45ºC en los meses de verano. 

Pero tampoco hay que llegar al corazón mismo de Australia para ver lugares interesantes. 

   

Sin alejarnos demasiado de las grandes ciudades, Melbourne, Camberra, Sidney ya hay parajes que merecen la pena visitar por su flora y fauna: los montes Grampians y la Great Ocean Road, donde la erosión capricho ha tallado las rocas a su antojo, o the Blue Mountains tienen un atractivo singular, con la bruma de color azul que le da nombre, a causa de aceite que desprenden al aire los inmensos bosques de eucaliptus que cubren sus laderas. Recorrerlo en sus tres medios de transporte: el Katoomba Scenic Railway, el riel más empinado del mundo, en el Scenic Cableway, el cable carril panorámico que desciende 545 metros hasta el Valle Jamison o “caminar sobre el aire” en el Scenic Skyway con vista a las Cataratas Katoomba, las Tres Hermanas y el Monte Solitary, es algo único.

Abarcar la inmensa isla en un solo viaje es muy complicado, pero tomar una idea de lo más significativo sí es posible en un periodo de vacación normal, convirtiéndola en una aventura nueva, diferente, lejana, tal vez soñada.

Susana Ávila